Agosto de expectativas

Agosto suele ser sinónimo de vacaciones. Se trata de un mes que muchas personas aprovechan para desconectar y cargar las pilas, alejándose del estrés y de las obligaciones laborales.

Hay quien viaja, quien va a la playa, y quien simplemente invierte sus días libres en descansar, sin necesidad de salir o de ningún plan extraordinario.

Del octavo mes del año no esperaba nada concreto ni especial: ni siquiera tenía intención de presenciar el dichoso eclipse y jamás hubiera soñado con comenzar mis vacaciones volando ¿por amor? a una ciudad situada a miles de kilómetros de mi hogar.

Y es que en ningún momento había imaginado que la vida, el destino, el azar –o como quieras llamarlo– me sorprendería poniendo en mi camino a K, un chico con quien protagonicé una experiencia bella y efímera que me enseñó a disfrutar del momento presente.

Transcurrido nuestro tiempo juntos, K se marchó. Los dos sabíamos que, tarde o temprano, llegaría la despedida. La distancia, sin embargo, resultó llevadera, pues nos mantuvimos en contacto chateando a diario y con una fecha señalada en el calendario: 22 de agosto, el día en que nos reencontraríamos.

Entre tanto, terminé observando el eclipse con mis familiares. La propuesta surgió tan solo tres días antes del histórico evento, y debo confesar que mentiría si dijese que me fascinó.

La sobreexposición mediática me hizo esperar un suceso más impresionante y sobrecogedor que el que finalmente aprecié, quedando desconcertado y desilusionado. ¿Por qué el Sol se veía tan diminuto? ¿Por qué no se hizo noche cerrada? ¿Dónde quedaron las perlas de Baily y el anillo de diamante?

Las expectativas que yo mismo me había generado me impidieron gozar de un fenómeno natural de por sí único y asombroso, envidiando la plenitud y la cándida felicidad que mis familiares sí sintieron.

Dicen que en la vida no existen los errores, sino las lecciones. Como buen alumno, acepté con resignación la enseñanza que el eclipse me regaló y la apliqué para el siguiente acontecimiento que definiría mi agosto: el reencuentro con K.

Siempre me he caracterizado por ser una persona planificadora y metódica, amante de la organización y, como una buena amiga mía diría, conductora. Mi antiguo yo hubiera hallado gran satisfacción recopilando información acerca de la ciudad y proponiendo multitud de actividades y lugares que visitar.

Sin embargo, en esta ocasión opté por dejarme sorprender, sin buscar siquiera una sola imagen o la ubicación de mi destino: confiaba en mi anfitrión y presentía que me encantaría todo lo que pudiéramos hacer juntos.

Los tres días que compartimos K y yo fueron simplemente maravillosos. Por no esperar nada, todo cuanto pude descubrir y llevar a cabo supuso un placer. K fue un anfitrión ejemplar y su trato fue tan dulce y encantador como el que me hechizó cuando nos conocimos.

Agosto ha sido un mes de ensueño, un mes cargado de sorpresas e ilusiones en el que, más que desconectar, conecté conmigo mismo –y con un chico de ojos preciosos.

Avión cph

Vuelo en dirección al reencuentro con K – 22/08/26


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